Es domingo. No importa la fecha. Usted, como el resto de personas en el mundo, se despierta de un sueño que, probablemente, supo conciliar la resaca del día anterior, o inclusive de la semana. ¿Es trabajador? ¿estudiante? ¿desempleado? No importa. No viene al caso, es domingo. No recuerda nada, o probablemente haya elegido olvidar, como muchos otros desentendidos. Cuando de descanso se habla, usted, de manera obscena, no escatima en generar resultados. Y está bien.
En el devenir de la historia humana, el domingo se consideraba un día de adoración hacia un dogma que ordenaba y estructuraba a todos los estratos de la sociedad por igual. Hoy día, eso no cambia. El tiempo y sus caprichos deforman nuestras tradiciones, pero no así nuestros rituales previos. El tiempo que ocupábamos adorando, hoy lo llenamos consumiendo cultura. Pero, en síntesis, el fin sigue siendo el mismo: desconectar.
Llega el lunes, los problemas nunca se fueron, hasta le hicieron del desayuno. Enciende la televisión, y hay más de ellos. Los absorbe. Sortea los obstáculos del día, llega a su hogar, apabullado de preocupaciones y pensando en el mañana. Esto no queda acá, sigue. Usted sabe que sigue, una y otra vez. Se transforma, poco a poco, en la encarnación de lo monótono. Aprende a odiar, y de igual manera, a resignarse y rescindir de la realidad, a seguir viviendo, con odio como combustible, como reafirmación de su ego, de que todo está mal. No la realidad per se, a ella no la podemos atacar, por ende, intenta focalizar y resignificar. Inevitablemente, el enemigo pasa a ser el otro. Vive y carga con muchas emociones juntas, cansado y, por sobre todas las cosas, ansioso. Esperando el domingo.
Pareciera hablar de uno mismo. Pero no. Le estoy hablando de los años 90.
En todos los métodos de expresión cultural que conocemos, siempre surgen nuevas formas de narrar el desencanto. El cine, como reflejo de la sociedad, no solo captura aquello, sino que lo amplifica, lo estiliza, lo vuelve una narración colectiva. En los años 90, esto se vio en películas que desafiaban la estructura convencional de hacer cine, que transmitían la angustia generacional, la alienación del individuo en un mundo que parecía estancado y lo cuestionaban.
En la televisión, existió una serie que se salió de los cánones convencionales del héroe clásico. Personajes mas crudos, ambiguos, con su propia ética y moral, resultaban necesarios a la hora de narrar el “desencuentro” en la historia y, al mismo tiempo, hablarle a la realidad, “The Sopranos” de David Chase, fue una de ellas y allanó el camino al éxito de muchas otras historias.
El drama televisivo se estrenó un 10 de enero de 1999. No es coincidencia. Aquel año reafirmó un significado de transición a un nuevo milenio. Las cartas ya estaban sobre la mesa, no había mas nada que hacer. Un mundo globalizado, con todo lo que ello implica, atomizado y reestructurado por un nuevo dios emergente, la digitalidad. Lo más importante, un nuevo tipo de ser humano; funcional, mediatizado, sobreestimulado y efímeramente crítico, pero no nos adelantemos.
El 24 de octubre de 1970, el Congreso de Estados Unidos promulgó la Ley RICO (Ley de Organizaciones Corruptas e Influenciadas por Extorsión), un arma legal diseñada para decapitar al crimen organizado persiguiendo no a los gánsteres de turno, sino a los que estaban por encima de ellos. Para 1999, cuando Tony Soprano apareció en pantalla fumando puros en un estacionamiento de Nueva Jersey, esa ley ya había transformado a la mafia y su romanticismo en una empresa en quiebra. Y David Chase lo sabía.
En “El Padrino”, Vito Corleone gobernaba desde la sombra con códigos y respeto. En “Uno de los nuestros”, Henry Hill corría frenético por los 80 como rata en una fiesta que se apagaba. Pero Tony Soprano llegó tarde: la RICO había desmembrado a las “cinco familias”, convertido a los made man -soldados italianos de la mafia- en informantes y reducido la “honorable sociedad” a un negocio de ancianos nostálgicos y aspirantes sin estilo. En este sentido, Chase no mostraba a la mafia en su esplendor, sino en su terapia ocupacional: Tony hereda una “familia” que es poco más que una franquicia desprestigiada. Sus secuaces no son caballeros con limusinas, sino tipos con deudas de apuestas que roban contenedores de Whisky. La RICO los obligó a ser pequeños empresarios del crimen: estafas a seguros, basureros inflados, contratos públicos trucados. El sueño americano, pero con sangre entre los dientes. La genialidad de la serie está en mostrar que esta ley no solo quebró al crimen organizado en su sentido estructural, sino que también lo rompió psicológicamente. Tony no teme a la policía, sino al FBI con sus gráficos de Excel y micrófonos ocultos. Su enemigo no es otro gánster, sino el capitalismo tardío. En consecuencia, el cabecilla de la familia Soprano se convirtió en un gerente de medio pelo que debe lidiar con sindicatos que ya no le temen, políticos que prefieren donantes legales, y una esposa que exige lavar dinero en tiendas de jardinería porque los casinos dan mala imagen. Sin embargo, lo más llamativo se encuentra en la dimensión psicológica que abarca la historia.
En la segunda mitad del siglo XX, el campo de la psicología empezaba a ganar terreno para lo que sería una redefinición, o si se quiere, un blanqueamiento de la psiquis del ser humano. Los descubrimientos de la neurociencia, la popularización del psicoanálisis y la creciente medicalización de la mente convirtieron al individuo en un proyecto por optimizar, un rompecabezas de traumas y químicos. Para 1999, cuando Tony Soprano -James Gandolfini- se sentó por primera vez en el sofá de la Dra. Melfi -Lorraine Bracco-, la terapia ya no era un lujo de élite, sino un síntoma de la época: el hombre moderno no solo cargaba con sus problemas, sino con la obligación de analizarlos.
El mundo que heredó Tony era un espejo roto de promesas incumplidas: la globalización había llegado, pero no con conexión, sino con alienación; la tecnología prometía libertad, pero entregaba adicción; y la psicología, que debía liberar, terminó siendo otra herramienta de control. “Hablar de sentimientos” ya no era tabú, pero se había vuelto un mandato vacío, como esos libros de autoayuda que decoraban los consultorios baratos.
Y en medio de ese paisaje, The Sopranos lo manejó de forma magistral: mostró que incluso un mafioso —arquetipo de la masculinidad tóxica— temblaba ante el vacío existencial. Tony no era un monstruo, era un hijo de su tiempo: un hombre que sabía que el sistema era una farsa, pero seguía comprando el sueño americano a plazos. Su ansiedad no era distinta a la del oficinista que tomaba Prozac, medicamento antidepresivo, o al adolescente que se perdía en los primeros foros de Internet.
El mensaje era claro: en el nuevo milenio, todos estábamos tan rotos como él, solo que sin un Cadillac para compensarlo. La terapia no era la salvación, sino otro ritual más en la lista de cosas que hacías para fingir que tenías el control.
Como dijo Chase: “Esta no es una serie sobre la mafia. Es una serie sobre un hombre que resulta estar en la mafia”. Y ese hombre, al final, era solo otro perdedor con corbata, esperando que el domingo no terminara nunca.
Bauri