El rol del asistente social en la Escuela 14 de Luján: una mirada desde adentro

En una esquina de la ciudad, una escuela pública logró lo que muchas veces parece imposible: convertir el dolor en confianza y la soledad en abrazo.

En la institución educativa N°14, no se enseñan solo matemáticas y lengua. Allí, cada mañana, se teje una trama invisible de afectos, miradas que no juzgan y manos que sostienen. El caso es de un niño con sobre-edad, que cursaba quinto grado con trece años, luego de haber repetido tres veces en una misma institución. Su madre sostiene que tuvo que cambiarlo de escuela porque no sentía acompañamiento por parte de ninguna docente. Bullying y burlas, una tortura interminable. Un mes después de ingresar Al espacio escolar, la madre expresa haber encontrado un gran refugio en una de las docentes: Verónica Álvarez. El equipo directivo y de orientación fue quien la acompañó y la guió. Las intervenciones realizadas desde el Centro Educativo lograron cumplir el objetivo que ella estaba buscando para su hijo.

En sus primeros días, el ingreso al aula fue muy duro. Ni los juegos, ni las voces de otros niños lograban integrarlo. Al tercer día, Joaquín Diamante, asistente social, se quedó en el salón con el grupo a cargo de la docente Verónica. Ella salió, se presentó y habló con él. Desde ese entonces, el niño ingresó al aula y el cambio fue rotundo. Verónica Álvarez expresó que la labor de los asistentes sociales es primordial. Considera que son un pilar y un sostén fundamental para el trabajo de los docentes. Destacó la importancia de ese trabajo conjunto para poder intervenir de manera efectiva ante cualquier situación que surja dentro del ámbito escolar. Sin embargo, también compartió experiencias previas en otras instituciones, donde el rol del asistente social /equipo de orientación, no estaba tan integrado al funcionamiento cotidiano.

La profesora reflexionó con honestidad sobre si el establecimiento está realmente preparado para contener a estudiantes que atraviesan situaciones extremas. Considera que muchas veces la inclusión se presenta como una fachada. “Antes, tuve que subir al auto con la directora para ir a buscar chicos. Hoy, por suerte, tengo un equipo que me acompaña.” Remarcó que muchas veces las familias no están presentes, no asumen el problema o no se involucran, lo que complica aún más la tarea de contención. Sobre cómo fortalecer la colaboración entre docentes y asistentes sociales, consideró fundamental recordar que los adultos de la institución son los responsables de los niños. Al referirse al rol del asistente social, fue clara: en su institución actual no cambiaría al profesional que los acompaña.

Contó que en otras experiencias debió asumir funciones que no le correspondían, muchas veces sin el apoyo adecuado.

Joaquín Ariel Diamante, asistente social, compartió su mirada sobre los desafíos y particularidades del rol que desempeñaba en la institución. La escuela contaba con un Equipo de Orientación Escolar, compuesto por una Orientadora de Aprendizaje, una Orientadora Educacional y un Orientador Social, quienes intervenían en las diferentes situaciones que atravesaba la institución. Este grupo trabajó acompaño las trayectorias de los estudiantes, manteniendo reuniones con las familias y articulando con el equipo directivo, así como también con instituciones de salud y educativas, con el objetivo de fortalecer y sostener la escolaridad de los alumnos. En este apartado, se profundizará en el rol del Orientador Social. Señaló que “en el día a día debemos movernos por situaciones que son propias de la realidad social en la cual estamos inmersos”. Pone en valor cada etapa del trabajo con el objetivo de mejorar las intervenciones. Advierte que “no es recomendable trabajar solo y aislarse”. Sobre el objetivo compartido con el resto del equipo, destaca que todos trabajan por el mismo fin: preparar a los estudiantes del nivel primario para que se apropien de herramientas útiles en su paso al nivel secundario. “No podemos darnos el lujo de relajarnos. Debemos anticiparnos y ser resolutivos, generar un ambiente cálido y armonioso, donde se valore todo. No somos un mero recurso de paso, cada quien que transita la escuela deja una huella”. Expreso.

Consultado en la entrevista sobre la posibilidad de eliminar el rol del asistente social de las escuelas, Diamante considera que se perdería un actor con una especificidad distinta. Desde la perspectiva de los estudiantes, también sería una pérdida: “Más allá de las acciones propias del rol, se perdería una figura de confianza, alguien que los escucha, los hace partícipes, que les ayuda a hacer valer sus derechos”. Respecto a qué falta en la escuela, responde que lo que más necesitan los chicos no siempre son recursos, sino contención, una sonrisa, ser escuchados.

Sobre los aspectos más satisfactorios de su trabajo, resalta la posibilidad de estar en el aula, llevar adelante las actividades planificadas, y terminar el día con la sensación de haber concretado. También recuerda con emoción a aquellos estudiantes que, luego de un proceso de revinculación mediante llamadas o visitas, regresaban a la escuela agradecidos y felices.

Esta historia, como tantas otras que se tejen en el entramado silencioso de nuestras escuelas públicas, deja una enseñanza poderosa: cuando la escuela escucha, abraza y actúa, los silencios se transforman en palabras, y el dolor comienza a sanar. La experiencia vivida en el colegio muestra que la inclusión real no depende solo de normativas o discursos, sino de personas que deciden comprometerse, mirar al otro y tender la mano. El acompañamiento del equipo docente, directivo y, especialmente, del asistente social Joaquín Ariel Diamante, fue clave para reconstruir la confianza de un niño y su familia, y para devolverle algo fundamental: el deseo de aprender.

Hoy, ese niño con sobre-edad que un día llegó con miedo y silencio, transita la escuela con alegría, se siente parte, participa y aprende. Su historia, lejos de quedar marcada por el rechazo y el aislamiento, se resignificó gracias al compromiso de un equipo que supo ver más allá de las dificultades.

La integración no fue un hecho mágico ni inmediato, sino el resultado de un trabajo articulado, humano y constante entre docentes, directivos y el asistente social. La Escuela N° 14 de Luján demostró que cuando se escucha con empatía y se actúa con responsabilidad, la inclusión deja de ser una promesa y se convierte en una realidad concreta. Este caso es una prueba de que ningún niño está perdido cuando hay adultos dispuestos a sostenerlos, guiarlos y creer en ellos.

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